Periodista formada en el sur de Chile. CEO de una startup que factura en dólares desde Temuco. Madre de tres hijas. Autora de un libro que se estrena esta primavera. Sobre el papel, el perfil parecía fácil de escribir. Hasta que la editora descubrió el problema.
El problema es este: la periodista que firma este perfil soy yo. Así que olvidemos la tercera persona. Esta historia se cuenta mejor de frente.
Nací y crecí en Chillán: sur, pero del tibio. Fui esa niña: la buena alumna que estaba en todo, la que cantaba en los actos, la locutora oficial del colegio, la que escribía, la que defendía a su escuela en los debates y hasta en las barras Coca-Cola (si había un escenario y un micrófono, ahí estaba yo, levantando la mano). Y entre acto y acto leía revistas como quien lee mapas de otra vida: papel satinado, mujeres cruzando avenidas con taco alto, columnas firmadas con nombre y apellido. Tenía un sueño con dirección exacta: ser columnista de Cosmopolitan. Escribir de moda y de amor desde un escritorio en Manhattan, con café recalentado y un deadline a medianoche. Carrie Bradshaw tenía mi trabajo soñado antes de que yo supiera cómo nombrarlo.
A los quince, la vida hizo lo que la vida hace: reescribir sin avisar. Hubo un semi-quiebre en casa: mis papás se separaron (spoiler de familia: después volvieron; en mi casa hasta las rupturas tienen segunda temporada) y de pronto el mapa decía Temuco. Llegué con una maleta, todos mis diarios de vida escritos hasta esa página exacta, y un primer amor llorado con la intensidad que solo un primer amor merece. Del calor chillanejo a una ciudad donde llueve doscientos y tantos días al año. A los quince armé una vida de cero. Lo que no sabía entonces es que aquello no era el final de nada: era el ensayo general.
El resto llegó como debía llegar: me formé como periodista y armé mi primera redacción a los veintidós: pauta, grabadora, la adrenalina exacta de cerrar una nota contra el reloj. Aprendí el oficio donde se aprende de verdad: preguntando dos veces, verificando tres, escribiendo siempre una más. Y entendí lo que nadie te cuenta del periodismo: no te enseña a escribir. Te enseña a mirar. Esa mirada, la que encuentra la historia donde otros ven solo datos, sirve después para absolutamente todo. Hasta para reescribirte a ti misma. Pero no nos adelantemos: eso es capítulo tres.
Entre los veinte y los treinta firmé tres obras que no llevan mi byline. Tres hijas. Tres personas distintas que comparten apellido, banda sonora de mañanas caóticas y una madre que toma café como si fuera parte de la pauta.
La maternidad no me quitó ambición: me la editó. Me enseñó a recortar lo que sobra y a defender con uñas lo esencial. Los viernes, por ejemplo. Los viernes con ellas no se negocian, no se reagendan, no se sacrifican por ningún lanzamiento. Jamás. Es la única cláusula de mi vida que no tiene letra chica.
Hay capítulos que una no elige escribir.
Quince años. Un matrimonio. Una vida que en el papel se leía completa. Y que un día, simplemente, dejó de leerse. No voy a darte los detalles: en esta historia no hay villanos, hay dos personas y un guion que dejó de servirles a ambas. Lo que sí voy a contarte es lo que viene después de la última página: el silencio. Esa página en blanco que no pediste y que igual te toca escribir.
A los treinta y tantos me encontré ejerciendo de periodista de mi propio naufragio: tomando nota, verificando hechos, buscando el ángulo. El ángulo tardó, pero llegó. Y decía así: esto no es el final de la historia. Es el final del primer borrador.
La reinvención no fue un retiro espiritual. Fue una planilla de cálculo, una marca registrada y muchas madrugadas aprendiendo cosas que nadie de mi generación de periodistas planeó aprender. Mi primera empresa llegó a los treinta; la de verdad, The Funnel Bridge SpA, llegó después, cuando ya sabía exactamente qué quería construir y desde dónde.
Desde Temuco, por supuesto. Cuando la fundé me explicaron, con todo el cariño del mundo, que las startups se fundan en Santiago. Sonreí. Llevo la vida entera escribiendo desde donde se supone que no pasan las cosas. Y hoy esa empresa factura en dólares, con clientas en dos continentes, desde una ciudad donde llueve doscientos días al año.
Y en ese camino hice mi descubrimiento favorito, el que explica todo lo demás. Un día, armando la venta de un negocio ajeno, lo vi con la claridad con que se ven las cosas obvias después de veinte años: todos los negocios eran historias mal contadas. Tenían protagonista, conflicto y promesa; les faltaba quien los escribiera. Así que eso hago. Escribo negocios. Escribo embudos (sí, los embudos se escriben, con estructura de tres actos y todo) y después les doy forma tecnológica: páginas, automatizaciones, agentes que conversan. Primero el guion, después el set. Mi rodeo de veinte años por el periodismo nunca fue un rodeo: era el entrenamiento exacto.
De ese descubrimiento sale la frase que ordena todo mi trabajo: no tengo audiencia. Tengo ciudad. Un lugar con calles, personajes y memoria, donde la gente no viene a mirar una vitrina: viene a quedarse a vivir. Construir eso es, literalmente, mi oficio.
Volví a escribir como se vuelve a una casa: con la llave que nunca devolviste. Primero a escondidas, después en serio, y finalmente con la disciplina de quien entendió que escribir no era el hobby de su vida: era la columna vertebral.
De ese regreso nacieron tres obras. Proyecto 40, el libro donde cuento la historia completa (la que este perfil apenas resume) y que se estrena el 21 de septiembre, con la primavera. Hasta encontrarte, una novela en progreso sobre el amor que estuvo ahí todo el tiempo. Y mi columna en Substack, El amor en tiempos de IA: donde escribo, por fin, la columna de moda y amor que soñé a los quince, con veinte años de interés acumulado.
La niña de las revistas estaría conforme. Aunque conociéndola, ya estaría pidiendo la siguiente edición.
La tecnología, en mi familia, es herencia. Mi papá me sentó frente a un computador a los seis años, en una época y en una ciudad donde eso era prácticamente ciencia ficción. Así que no, lo que vino después no fue casualidad. Venía de lejos.
Hoy escribo con inteligencia artificial como antes escribía con grabadora: es herramienta de reporteo, no reemplazo de la mirada. La uso para pensar más rápido, construir más lejos y automatizar lo que no merece mis horas. Y porque una cosa es escribir sobre el futuro y otra, bastante más entretenida, es programarlo, en The Funnel Bridge estamos construyendo a SOFÍA: nuestra agente de IA, hecha en el sur, que conversa como persona y trabaja como sistema.
La intersección rara (la periodista que escribe código, la escritora que despliega agentes) resultó ser mi ventaja menos justa. Pienso como periodista, ejecuto como empresaria, construyo como tecnóloga. Esas tres voces no compiten: se turnan el teclado.
¿Y el amor?, me preguntarías, si esto fuera la columna de Cosmopolitan que soñé. Te respondo como corresponde al género: el interés romántico estuvo en el elenco desde el principio. Mi mejor amigo. El ancla tranquila de esta historia. Un día la amistad cambió de género literario. Y conste en acta que fue él quien insistió en la reescritura. Hasta ahí te cuento: hay intimidades que se honran mejor en novela, y la novela ya está en marcha.
Hoy sigo viviendo donde la lluvia me recibió a los quince: en Temuco. Dirijo una empresa, escribo libros, crío tres hijas y construyo universos digitales para mujeres que, como yo hace algunos años, saben que pueden más y buscan método con alma. Mi brújula tiene tres palabras y un orden: narrativa, tecnología, libertad. En ese orden me levanto.
¿La chica que quería escribir en Cosmopolitan? Le fue mejor. Terminó siendo dueña de la revista.
Este perfil es el avance. Proyecto 40 es la película entera: la crónica de reinventarme en el umbral de los cuarenta, con la tinta todavía fresca y los nombres con apellido. Llega el 21 de septiembre, primer día de primavera. Un libro sobre volver a florecer no podía elegir otra fecha. Si llegaste hasta aquí, ya somos de la misma ciudad.